Malas compañías

Los padres recelan de las amistades de sus hijos por temor a que ejerzan una mala influencia sobre quienes consideran un dechado de virtudes. Cada vez que aparece una nueva amistad, los militantes del movimiento ampista (de Ampa, como hampa pero sin hache) se ponen en guardia y examinan a los recién llegados. Por más que Les Luthiers popularizaran aquello de que "sus primeras impresiones al llegar (a comisaría) fueron digitales", en general las primeras impresiones sobre los amigotes llegan a través de la vista. Por eso, la primera de las prevenciones guarda relación con el aspecto de los forasteros: número de piercings, posición de los tatuajes, longitud de las greñas, tipo de ropa y complementos... Vamos, lo que legiones de peluqueros y estilistas denominarían look. Tras esta inspección ocular, que suele ser detonante, llega el turno del olfato y el oído. El olfato es clave, porque los efluvios corporales y los perfumes de moda pueden echar a perder más de una relación, pero el ampismo canónico también presta oídos al modo de expresarse. Importa la lengua principal de relación, pero no sólo entendida como idioma, sino también como registro. Importa el volumen de la música que escupen auriculares, móviles y otros artefactos auxiliares. Importan el grado de contaminación acústica que alcanzan los motores de vehículos diversos pilotados por los incorporados. Y finalmente, llega el momento ineludible de la gran pregunta que culminará el examen. Si Perales popularizó el "¿a qué dedica el tiempo libre?" en este contexto cae el adjetivo. Es decir, se transforma en la típica pregunta que lanzaba la extinta figura del cabeza de familia ante el jovenzuelo que pretendía a su hija: "y usted, joven, ¿a qué se dedica?".


La verdad es que me gustaría llenar el siguiente párrafo con una amplia lista de las llamadas "nuevas profesiones" con las que somos bombardeados quienes tenemos hijos en edad escolar. Pero una cosa es la realidad y otra bien distinta la imagen que nos forjamos de ella. Tengo ante mí la última encuesta ADECCO sobre las expectativas de futuro de los más pequeños, un estudio que vienen realizando desde hace seis años y que contiene la pregunta clave que nos indica cuáles son las profesiones más deseadas por niños (y niñas) de 4 a 16 años de edad. Los resultados de la sexta edición (2010), realizada con una muestra de dos millares de individuos, permiten corroborar que las comparaciones son odiosas. En España, las cinco profesiones más deseadas por los niños son futbolista (16,51%), policía (6,75%), profesor (5,63%), ingeniero (5,44%) y médico (4,5%). En cambio, las niñas se decantan por ser: profesora (24,64%), veterinaria (8,33%), médico (7,61%), abogada (3,99%) y peluquera (3,44%). Los unos, el reconocimiento. Las otras, el conocimiento. Los deseos de las niñas catalanas añaden matices artísticos: profesora (32,6%), diseñadora (8%), médico (5,4%), veterinaria (5%) y actriz (4,3%). Irrumpen tenues reflejos de la sociedad del diseño y la propensión a fingir, tan catalana, pero en lo esencial estamos ante un catálogo de deseos muy similar. En cambio, entre la población masculina el cambio es tan drástico que explica muchas actitudes de los mayores. Los niños catalanes desean ser, en primer lugar, bombero (11,9%), y luego futbolista (7,1%), arquitecto (4,8%), informático (4,5%) e ingeniero (4%). Por más que el año pasado ya vivíamos las excelencias de este Barça, la pulsión futbolística se coloca en un segundo plano, tras el cuerpo de bomberos. ¿Será por eso que nos pasamos la vida apagando fuegos?

Màrius Serra. La Vanguardia. Dijous 4 de març de 2011

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