Ser todo orejas

El martes las orejas de Van Persie transformaron el Camp Nou en ruedo y luego al colegiado suizo Massimo Busacca le silbaron las suyas durante la rueda de prensa de Arsène Wenger. Está claro que los conflictos europeos del Barça pasan por el conducto auditivo. Ya sea al escuchar pitidos que no son (el brasileño Santin del Copenhague el día que Pinto le detuvo silbando) o al no escuchar los que sí son (Van Persie anteayer). Los únicos entrenadores que se embroncan con el Barça lo hacen de oído, poniendo el foco en las orejas. La otra noche, durante el partido, un adolescente lleno de piercings dejó su oreja izquierda a la altura de mis ojos. Llevaba diversos pendientes. Tardé en darme cuenta que uno, que parecía de color carne, era en realidad su cuello visto por el hueco del pendiente. El tejido había cedido a la rigidez de la joya y se había dilatado dejando a la vista un círculo hueco de pequeño diámetro. Recuerdo que di un respingo y me llevé una mano a mi oreja perforada. Abro comillas y me adentro en la comidilla autobiográfica durante medio párrafo para intentar demostrar que no tengo prejuicios contra los pendientes: "Me agujereé la oreja izquierda a los 37 años por despecho y coquetería. Acababa de nacer mi hijo en la misma clínica en la que había nacido su hermana cuatro años atrás. Ella había sido lobularmente perforada sin ni siquiera consultárnoslo. En cambio él no lo fue. Empezó el plácido puerperio y nadie vino a agujerearle nada. A los tres días volvimos a casa y tuve uno de esos arrebatos irracionales que todos tenemos alguna vez. Visité a mi farmacéutica de cabecera, que por aquel entonces no podía ni sospechar la de medicinas que debería venderme en la década siguiente, y le pedí que me perforase la oreja. El cartílago tarda casi un año en cicatrizar, pero nunca me supuró y desde entonces llevo siempre un pendiente en la oreja izquierda". Fin de la comidilla.


O sea, que no tengo nada pendiente con quien luce un ídem, pero me preocupa la proliferación de los llamados pendientes dilatadores. Porque lo del chico que me enseñó a mirar a través de sus orejas no es nada. ¿Se han dado cuenta de la cantidad de orejones perforados que penden por ahí? Por lo visto, la gracia del pendiente de dilatación es que estira el lóbulo hasta permitir colocar otro de mayor diámetro. Y así crece la cosa, de agujero en agujero, hasta llegar a extremos tan grotescos como las quejas de Wenger. Tecleen "info pendiente dilatador" en Google Images y verán, como veo yo mientras escribo esto, a un chavalote con una gorra rosa ilustrada al estilo garriri (incluso diría que luce un Cobi) y una lata de coca-cola light de tamaño estándar perforando el lóbulo dilatadísimo de su orejón. La lata aparece en horizontal, en plan tuneladora, circundada por una tira de carne enrojecida que pertenece a la, ejem, oreja del chavalote. Ya sé que es una cuestión cultural, que Thor Heyerdahl localizó a la tribu de los orejas largas en la isla de Pascua y que algunos pueblos africanos se dedican a deformar el labio inferior  hasta convertirlo en algo similar a un pico de  pato. Pero las deformaciones autoinfligidas son una  tortura similar a los cilicios, flagelos y otros castigos corporales que la mayoría de los creyentes ha dejado atrás. Tiene guasa que ahora  se deformen las pellas hasta transformar los lóbulos en monóculos colgantes. La patética rueda de prensa de Arsène Wenger demuestra que ser rival del Barça es, hoy, un ejercicio de castigo autoinfligido. Y es que, bien mirado, el juego que propone Guardiola comparte método con los pendientes dilatadores.

Màrius Serra. La Vanguardia. Dijous, 10 de març de 2011.

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