"Bon cop de falciot"

El vencejo es un pajarito insectívoro de veinte centímetros de largo y pico curvo. Anida en los aleros de los tejados, pero la vida no es que le pase volando sino que se la pasa volando. Si podemos expresarlo así sin temor a incurrir en laísmo es porque el vencejo caza en el aire, se acopla en el aire, emite sus agudos cánticos desde el aire e incluso es capaz de descansar sin dejar de volar. Su nombre en castellano procede de una larga historia de malentendidos, pero no tiene nada que ver con el verbo vencer. La voz vencejo procede del mismo verbo latino vincīre (atar) del que proceden los vínculos. En  realidad, un vencejo es un “lazo o ligadura con que se ata algo, especialmente los haces de las mieses” y también ha acabado designando al pajarito por una confusión de los hablantes, que deformó el nombre real del ave: oncejo. El origen de este nombre (hocejo, de hoz, tal vez con influcencia de una denominación antigua de la uña, onceja) alude a la forma curva de su pico de insectívoro voraz. Ahí, finalmente, es donde el confuso vencejo tiende puentes con su denominación en lengua catalana, que es falciot y también procede de la comparación de sus alas con una pequeña hoz (falç). 
 
Algo tendrán estos pajaritos cuando aparecen de un modo estelar en dos canciones catalanas que la historia ya empieza a relacionar. Joan Manuel Serrat les cantó con gran entusiasmo ornitológico en su célebre “Que volin els falciots no vol dir que s'ha de girar garbí aquest capvespre...” Décadas más tarde, los Manel colocan un verso que suena a homenaje en su celebradísima “Cançó del soldadet”. El anónimo protagonista del desembarco aprecia a través de un ojo de buey “...que volen uns falciots i no és que hi entengui molt el soldadet, però que volin els falciots deurà voler dir que la terra és a prop”. De un modo tan discreto como contundente, estos pajaritos son testigos de dos desembarcos culturales inéditos en el mercado discográfico español: el de Serrat y el de los Manel. Dos propuestas musicales que, junto con la de Llach, son las únicas que han conseguido llegar al número uno en la España monolingüe a pesar de ser en catalán. Será porque la música entra muy a menudo en nuestros oídos a través de pinganillos. O será porque los vencejos son incansables.

 Los zoólogos han estudiado a fondo sus habilidades para dormir en el aire. Se considera que pueden hacerlo mientras planean a una cierta altura, aunque muy probablemente su sueño sea distinto al humano, de modo que no pierden la conciencia durante mucho tiempo seguido y eso les permite seguir planeando. Como si se pegaran una siestecilla entre cada batir de alas. Al atardecer, en sus típicos vuelos circulares, llegan a alcanzar capas de aire caliente que estén a dos mil metros de altura y ya no descienden hasta el alba, bajando de forma suave, rápida y silenciosa. Tan suave, rápida y silenciosa como la penetración que están teniendo las canciones de Manel y otros grupos musicales (Els Amics de les Arts, Mishima, Antònia Font...) que usan el catalán en sus letras. El efecto falciot es, con toda seguridad, mucho más eficaz que cualquier debate político para vencer las reticencias mentales de quienes detestan, marginan, ignoran o perdonan la vida a los contribuyentes de Hacienda cuando se expresan en lengua no castellana. Es pertinente recordar aquí los malentendidos etimológicos del vencejo castellano y centrarnos en el efecto falciot para concluir que un discurso artístico sólido será siempre la mejor manera de volar en defensa de una tierra.

Màrius Serra. La Vanguardia. Dimarts, 29 de març de 2011

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