dilluns, 25 d’abril de 2011

El día del santo

En 1987 viví mi primer sant Jordi como autor. Mi editor me situó de pie tras una parada ramblera, a la altura de la Virreina, y el recuerdo más nítido que conservo es que mucha gente me pedía libros que no eran el mío. Me tomaban por librero, claro. Un cuarto de siglo más tarde encaro Sant Jordi con un cierto aire Vintage. Salgo a firmar libros (míos) que no son novedades estrictas sino reediciones o traducciones, y tal vez eso me impregna de una tranquilidad de espíritu que no es precisamente mayoritaria entre los autores que se agolpan en el fotodesayuno del hotel Regina. Somos pocos los que  desertamos de la foto más codeada del día, pero aún así estamos atentos a la feromona promocional. Esta Diada se presenta temporalmente incierta, por clima y calendario, aunque pronto se despeja la gran incógnita y pasamos de un posible “Signing in the rain” a un prometedor “Good signing, sunshine”.
       Tengo siete paradas por delante, comida mediante. La experiencia acumulada (son 21 santjordis a las espaldas, amigos) me permite relativizar tamaña maratón. A las once, en la parada de Proa, se me presentan los clásicos compradores early birds, capaces de madrugar para tener las mejores butacas. Una lectora de Sant Cugat compra un ejemplar de L’home del sac que me reedita Bromera y me pide que se lo dedique a su amiga Marta, muy amante de los anagramas. Salto, solícito, y le endilgo una dedicatoria que relaciona su nombre con diversos anagramas: Marta trama matar Marat. Me dice que ella es Marta (un clásico). Luego sonríe, enigmática, y saca del bolso un ejemplar de la primera edición que me editó Columna en 1990 y me muestra mi dedicatoria de aquel Sant Jordi. Casi que no me sorprende comprobar que hace dos décadas ya jugué con sus anagramas. La mañana prosigue en las paradas de Abacus, (junto a Pilar Rahola, una experiencia mística), y Casa del Llibre (junto a Sergi Pàmies, una experiencia terrenal).
       La comida con los amigos valencianos de Bromera en una terraza de la Rambla me recuerda aquel lejano Sant Jordi en el que comimos en L’Agut de Avinyó con Ferran Torrent y Ramon Barnils. Los años pasan, los lectores cambian, el sector se organiza y los miedos crecen. Pero la maravilla de una fiesta ciudadana con el libro como protagonista sigue siendo mágica. Para la tarde me he reservado la ruta más céntrica y pedestre: Bertrand, Fnac, Corteinglés y Can Jorba. Se trata de no andar más de lo necesario. Com dijo mi admirado Charly Rexach, correr es de cobardes. Mis firmas terminan a las ocho, por prescripción facultativa. El Barça-Osasuna es prioritario en este Sant Jordi santo.

Màrius Serra. La Vanguardia. Diumenge, 24 d'abril de 2011

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