Y tú, ¿en qué tramo votas?

Simona y Simó viven juntos desde hace tres años. Su proceso de adaptación a la vida en pareja va parejo al proceso soberanista. Cuando hacía poco que cohabitaban, la voz chillona de Pilar Rahola les hizo descubrir que militan en bandos opuestos. Lo van trampeando con dignidad. Yo soy más de Queneau, suele decir Simó cuando sale el tema en alguna sobremesa. Se sabe en minoría, pero no lo vive como un drama. No fueron a la Via Catalana pero bajaron de su piso en Gràcia hasta la Diagonal para ver el ambiente de la V. ¿Lo ves, Simó, como hay todo tipo de gente? ¡Esto va a salir bien! La tarde fue plácida. Cuatro fotos, tres sonrisas, dos cervezas y un polvo. Cada vez que discuten una poco y se calientan dialécticamente acaban en la cama. Hay tertulianos que calientan a Simó y tertulianos que calientan a Simona. Alguna noche incluso miran El gato al agua para calentarse los dos, pero entonces ya no les hace falta reconciliarse.

Todo iba razonablemente bien hasta que, hace diez días, Simó recibió una carta de la Generalitat que parecía una multa. Era una citación para ser miembro de una mesa electoral en la Consulta de hoy, 9 de noviembre. ¿Pero qué se han creído? ¡Hasta aquí podíamos llegar! Sacó el tema durante la cena. ¡Qué alegría que me das, Nino! Simona le besó y agarró la carta. Cuando se pone mimosa le llama Nino. Ya empezaba a pensar que Iceta tenía razón, pero ahora veo que van en serio. La mirada chispeante con que leía la citación irradiaba felicidad. Te ha tocado la 69-B, ¡mira qué gracia! Pero a él no le hacía gracia. Inspiró fuerte y lo soltó. No pienso presentarme.

El berrinche de Simona fue colosal. ¡¿Qué?! Sobre todo cuando él pronunció un verbo maldito. Pues que no, que pienso desobedecer. ¿Cómo que desobedecer? ¿No decías que la desobediencia era delito? Desobedeceremos los que votaremos. Se encararon. ¡Será si os dejan! ¿Y quién nos lo va a impedir, eh? ¿Quién quieres que nos lo impida? ¿La guardia civil? ¿Los Mossos? Simona se movía de un extremo al otro del minúsculo comedor. Tú, si fueras Mosso, ¿saldrías a la calle a impedirme el voto? ¿Y cómo lo harías? ¡Dime cómo, dímelo! Agitaba la citación. Esto es una papeleta y la tele la urna. ¿Qué harás? ¿Cómo me vas a parar? Va, venga. El choque de cuerpos acabó en la cama. Exploraron las analogías que permite el ejercicio físico del voto. Tres días después cerraron un acuerdo: si tú no votas, yo voy. Esta mañana se levantaron temprano para cumplirlo. La cita en el colegio electoral es a las ocho.

Desayunan en casa sin diarios, cada uno enchufado a su radio. Bajan por el Carrer Gran y les sorprende el aspecto de la ciudad. Simona esperaba las multitudes de la Diada, con autocares, camisetas y banderas. Simó, una presencia intimidatoria de agentes uniformados. Ni el ejército civil ni el militar aparecen por ningún lado. Simó sólo rompe el silencio para recordar una novela de Saramago. En unas elecciones el 83% de la población vota en blanco. Simona recoge el guante. ¡Pero vota! Ping pong. Sí, sí, vota, pero en blanco y legalmente. ¡Ya estamos otra vez! Llegan al colegio electoral, saludan a un maestro de la escuela que lo acoge y conocen a los otros miembros de la mesa 69-B. No ven interventores de partidos. Sólo voluntarios con el peto de la ANC. Simona se pide uno. Ya que no puedo votar, ayudaré un poco. Si tú votas yo me largo. No es la primera vez que Simó preside una mesa. Cuando a las ocho en punto abren puertas están preparados para engullir a los primeros votantes.

No hay oreja sin auricular. Cuatro palabras retumban en las radios: sin, incidentes, por y ahora. Por Twitter circulan rumores de agresiones, boicots y urnas destruidas. En Gracia la afluencia es notable. Muchos jóvenes votantes entran buscando tramos. ¿El tramo 69-B, por favor? Algunos llevan un papel impreso, pero la mayoría lo mira en el móvil. También hay algunos que preguntan directamente por el mismo número que tenía su tramo en la V de la Diada. Un lío. Simó reconoce a medio barrio. La actividad constante hace que las horas le pasen de prisa. De vez en cuando, aparece algún amigo y comentan la jornada. Todo en orden, sin novedad en la acera de enfrente.


Cuando llega la hora de cerrar los colegios Simona entra en éxtasis. Lleva en el pecho una pegatina con un eslogan detonante: “Hasta ahora celebraba el 11/9, a partir de ahora el 9/11”. Las urnas están llenas. Antes de cerrar la votación e iniciar el recuento, los miembros de cada mesa tienen el derecho de ejercer el voto. Los compañeros de Simó cogen papeletas, responden a la doble pregunta con sendos sí-síes de un modo ostensible e introducen los sobres en la urna. Simona también le acerca una papeleta. Ya que yo no he votado, hazlo tu por mí, Simó. Tú decides. Actúa como si tu voto decidiera el resultado final de la Consulta. Simó relee la primera pregunta. Coge un boli y marca una cruz en la casilla del no. Después relee la segunda. “En caso de respuesta afirmativa, ¿quiere que este Estado sea independiente?” Vuelve a marcar la casilla del no. Una doble negación que reafirma.

Màrius Serra. La Vanguardia. Cuento en páginas de Política sobre un 9N con consulta electoral junto a otro cuento de Sergi Pàmies sobre un 9N sin consulta electoral. Domingo, 21/9/14

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