¿Qué es una nación?

Discurs institucional de la Diada del 11 de setembre a Madrid, pronunciat al Centre Blanquerna el dimecres 13/9/2017




Anteayer fue día once. El once es un número agraciado. Capicúa, que es una de las 350 palabras que la lengua catalana ha exportado al castellano, junto con peseta, chuleta, cantimplora, orgullo, prensa, clavel o burdel, según el DRAE. Once sobrepasa el sistema métrico decimal aunque sin llegar a la docena. El día 11 de setiembre los catalanes celebramos nuestra Diada Nacional. Una Diada es un día especial y en cuanto a Nacional, ya abundaremos en ello. A pesar de lo que suele decirse, el 11 de setiembre los catalanes no celebramos ninguna derrota. Celebramos nuestra supervivencia, una realidad palpable basada en la persistencia. En 1714, cuando el ejército francés entró en Barcelona tras el largo y penoso sitio, encontró todas las tiendas abiertas, vacías pero abiertas. Nuestra persistencia está centrada en la cultura a pesar de los intentos, a menudo negados por las más altas instancias del poder en España, de prohibirla, de aniquilarla. En el caso de la lengua catalana es ejemplar la famosa instrucción de 1717 a los corregidores (cuyo nombre ya apuntaba maneras) para la aplicación en Cataluña del Decreto de Nueva Planta: “Pondrá el mayor cuidado en introducir la lengua castellana, a cuyo fin dará las providencias más templadas y disimuladas para que se consiga el efecto sin que se note el cuidado”. De todas las prohibiciones que figuran en el clásico libro de Francesc Ferrer i Gironès La persecució política de la llengua catalana, con la única que estoy de acuerdo es con una promulgada por la Dirección General de Correos y Telégrafos en 1896, que establece la prohibición tajante de hablar por teléfono en euskera y catalán. Me parece muy bien. Sólo echo en falta que también prohibiera hablar por teléfono en gallego, en asturiano, en castellano y en inglés, sobre todo por la calle y en los transportes públicos. Basta viajar en el AVE para darse cuenta que ciertas prohibiciones jamás surten efecto. Y en la historia de Catalunya son legión las prohibiciones que no surtieron efecto o, ya que salió la palabreja legión, adecuemos el lenguaje, son legión los tiros que le salieron por la culata a quien promulgó la prohibición. En 1718, tras el cierre de todas las universidades catalanas, se empezó a construir la nueva universidad borbónica en Cervera, la que debía modelar un nuevo cánon cultural en castellano, pero que de hecho acabó formando a los intelectuales de los que derivaría la Renaixença, la recuperación de la prohibida lengua catalana y el origen del catalanismo moderno, que surgió de esa culata de Cervera con la audacia del motorista Marc Màrquez.

Quienes estos días agitados de Tran tran (Transición, Transitoriedad, Tránsito, Transatlánticos, Transnacionalismo) reivindican, con toda la razón del mundo, la pluralidad pero acusan a los catalanes de pensamiento único, aparte de ver la paja en ojo ajeno y no percibir la viga en el propio, deberían comparar un comportamiento lingüístico de ambas lenguas: en castellano, o español como a algunos les gusta llamarle, la primera persona del plural tiene una sola forma: nosotros. Los catalanohablantes tenemos más de una decena de formas de autodenominarnos: nosaltres, naltros, noltros, natres, mosatros, nosaltros, nosatres, nosatros, moatros, naltres, nantres, o nantros (escuchen a Francesc Fàbregas, el director investigado del semanario El Vallenc, que dice nantros, por lo que ahora tots nosaltres som nantros)... A pesar de esa pluralidad pronominal, o justamente por ello, mantenemos una cultura común, basada en la supervivencia y en la persistencia, pese a quien pese, y en cuya primera persona del plural, en nosaltres, noltros, mosatros o nantros, también caben los pronombres de primera persona de plural de más de un centenar de lenguas de nuestros conciudadanos, empezando por el aranés, nosati, y naturalmente por el castellano, nosotros.

En el mercado global de las efemérides, hay que reconocer que el 11S tiene innumerables asociados. No voy a abundar en ellos aquí, pero basta citar cuatro palabras clave en orden alfabético para darse cuenta de la dificultad de tener un buen share: Allende, Chile, Gemelas, Torres. O sea, una competencia del copón. Ya puestos, incluso el cuponazo lo organiza una institución ejemplar que toma prestado el nombre del número para sí: la ONCE. Mi hijo quieto, Lluís, el Llullu, que nació y vivió con parálisis cerebral durante nueve felices años, fue afiliado de la ONCE y por eso conozco la institución y la aprecio. La destaco aquí ahora con todas sus letras, las cuatro, porque ONCE ofrece una O de organización y porque mantiene con orgullo la C de Ciegos sin arredrarse ante el lenguaje políticamente correcto que, de no ser por esa C del acrónimo ONCE, tal vez hubiera sucumbido a eufemismos como invidente o deficiente visual o alguna otra denominación creativa. Las cosas, por su nombre. En cuanto a las otras dos letras de ONCE, la N de Nacional y la E de Españoles, centran esta intervención, como no podía ser de otro modo.

Por la N me viene nación. ¿Y qué es una nación? Ay. ¿Puede ser solo cultural, una nación? ¿Existe un concepto no nacionalista del término nación? ¿Existen las naciones de naciones? Y si las hay, ¿pueden coexistir en un mismo marco estatal? ¿Cómo? ¿Concatenándose? ¿Es España una nación, una nación de naciones o una concatenación? ¿Y de cuántas naciones se compone? ¿Y els Països Catalans? ¿Y Euskalherria? ¿Y Europa? No tengo respuestas a todas estas preguntas tan complejas. No soy Varoufakis. Piensen que soy un simple escritor, aunque espero no ser un escritor simple, y los escritores como mucho nos hacemos preguntas. Siempre son otros quienes suelen ocuparse de las respuestas: gente con alma de tertuliano, por ejemplo. Sin embargo, como hay muchas maneras de responder y la peor es esconderse disfrazado de don Tancredo, me comprometo a decirles qué es una nación, desde mi punto de vista.

Para llegar a ello, he vuelto a escuchar con atención el polémico discurso de mi admirado Fernando Trueba tras recibir el Premio Nacional de Cinematografía en 2015. En él analizó esas tres palabras —Premio, Nacional y Cinematografía—, y en un tono distendido, ante el ministro de cultura Íñigo Méndez de Vigo, dijo: “La verdad es que yo nunca me he sentido español, nunca jamás. Ni 5 minutos”. Le escuché con pasmo. He ahí un verdadero no-nacionalista, me dije, aunque reconozco que me chirrió que dijera eso mientras aceptaba la dotación de un premio Nacional de manos de un ministro de genealogía nacionalísima. Antes, otros premiados con el Nacional, por razones diversas, renunciaron al galardón y a su dotación: Colita el de Fotografía, Jordi Savall el de Música o Javier Marías el de Narrativa. Pero bien, yo admiro a Fernando Trueba, y en ese momento envidié su franqueza. Tras sus declaraciones de no españolidad Fernando Trueba tuvo que aguantar una campaña bastante lamentable en su contra, sobre todo cuando meses después salió a la palestra para promocionar su nueva película, titulada, ejem, “La reina de España”. Le boicotearon por haber ironizado con las esencias patrias. Los mismos que suelen bramar contra todo nacionalismo, excepto el propio. Trueba se vio obligado a rectificar. Dijo que había dicho aquello en tono irónico y que claro que se sentía español. Y punto. Pero la recepción de su película se resintió.

Me puse entonces en su piel e intenté imaginarme, con mi ejercitada imaginación de narrador, una situación similar para un creador catalán. Boadella no me servía, porque su contribución a la cultura catalana duró más de cinco minutos. Azúa tampoco; siempre quiso vivir en un transatlántico, desde los gloriosos tiempos del Titanic. ¿A qué no nacionalista catalán podía acogerme? Gracias a Gregorio Morán, di con un buen ejemplo. Antes de hacerse mártir de la causa por burofax, Morán señaló a Joan Sales tildándolo biliosamente de “mediocre, parafascista y ultracatólico” y asegurando que Incerta Glòria fue publicada en francés por Gallimard en 1962 por indicación de Juan Goytisolo sin leérsela, una falsedad. Pues bien, Joan Sales jamás comulgó con nacionalismo alguno y declaró sentirse catalán “senzillament com un albercoc se sent albercoc i no préssec”, es decir, simplemente como un albaricoque se siente albaricoque y no melocotón. Me parece lógico el descarte del melocotón porque, gustos al margen, en catalán “fer el préssec” significa “hacer el ridículo”. Había otras frutas, como la pera limonera o el níspero, pero Sales apostó por el albaricoque y acertó plenamente en su apuesta. Cuando escribía Verbalia descubrí que, mientras la universidad de Cervera empezaba a destilar el futuro del catalanismo, el ilustrado tinerfeño Tomás de Iriarte dedicó al albaricoque un logogrifo extraordinario, un poema enigmático de 212 versos que ocultan 100 palabras clave formadas con las 11 letras de la solución, que es Albaricoque: Alba, Libra, Libro, Rabo, Cebo, Coral, Bala, Culo…

O sea que, ante ustedes, comparezco revestido de albaricoque y me dispongo a contarles cuán albaricoque me siento. Lo haré con urnas de narrador (noten el uso tan contemporáneo del vocablo urna como sinónimo de arma). Es decir, contándoles un cuento. Pero antes pagaré un peaje. Normalmente, cuando un intelectual español quiere quedar bien con los catalanes cita a Josep Pla (hubo un tiempo que citaban a Espriu, pero ahora por lo visto vuelve Pla, en el hipotético caso de que alguien quiera quedar bien). Pues bien, les dejo una cita de Pla que suscribiría la CUP bailando un mambo en su zodiak: “El meu país és aquell on dius Bon dia i et responen Bon dia”. Y eso, señoras y señores, cubre tres comunidades autónomas enteritas y la franja de una cuarta, amén de territorios en otros tres estados europeos”, por decirlo en lenguaje políticamente correcto en el marco constitucionalista. Hay que reconocer que Pla demostró gran habilidad estratégica en la elección de la parte del día. Porque si en vez de Bon Dia hubiese escogido Bona Tarda la nación se le hubiera encogido. Piensen que los mismos seres extraños que tenemos 11 maneras distintas de decir nosotros, con las partes del día también somos muy creativos. Bona Tarda, Bon Vespre, Bona Vesprada... En todo caso mi nación seguro que no es esa en la que dices “Bon dia” y te responden “háblame en cristiano” o te obligan a disculparte por haber dicho “Bona Vesprada, Carles” en un noticiario de la Sexta al conectar con Teruel. Prefiero un país que saluda a otro que riñe. Uno que propone a otro que dispone, prohíbe e impone. Pero prometí explicar qué es para mí una nación, y lo haré con el cuento del edificio mutante de Noubarris, basado en hechos reales.

Era un adolescente cuando una noche me enamoré de un edificio. Bajaba por la calle Cartellà de madrugada, volviendo de fiesta, cuando me fijé en una preciosa construcción que se alzaba en esa calle de mi barrio en el extraradio de Barcelona, Noubarris. Tenía cuatro pisos y su fachada estaba completamente forrada con azulejos, es decir rajola valenciana. El edificio me causó un verdadero impacto emocional y me fui a la cama con su imagen en la retina. Al cabo de una semana, volviendo otra noche a mi casa, en Virrei Amat, tras explorar los bares de Horta, busqué con fervor mi amado edificio, pero allá donde lo recordaba no fui capaz de localizarlo. En su lugar se alzaba otro de obra vista, sin azulejos de ningún tipo. Me sobresalté. Busqué en las bocacalles contiguas y tampoco. Pensé que había ingerido demasiadas sustancias líquidas. O sólidas, porque en aquella época leía Lovecraft o Poe. Me asusté. Tardé unas cuantas semanas en regresar, pero cada noche que volvía a pasar por la calle Cartellà me topaba en ese enclave con un edificio distinto. Unas veces estaba encalado, en otras las ventanas parecían más pequeñas, incluso tapiadas, el color de la pintura cambiaba, verde, azul, amarillo, la fachada de mi amado edificio aparecía embaldosada, esgrafiada, lisa, pintada, de obra vista, otra vez con azulejos... En mi mente confundida empezó a formarse la monstruosa idea de un edificio mutante. Y cuando ya empezaba a dudar de mi cordura, decidí pasar por la calle Cartellà de día, para contemplar mi turbador edificio mutante a la luz del sol, y ese día lo entendí todo. El edificio del que yo me había enamorado era una escuela, un Centro de Formación Profesional para albañiles, pintores, yeseros, vidrieros... y los alumnos hacían las prácticas sobre el propio edificio, modificándolo constantemente, de modo que cada semana adquiría un aspecto distinto. Me fascinó. Aún me enamoré más de él e hice de ese edificio mutante mi hogar soñado. Me dije que esa era la nación en la que yo deseaba vivir, que eso sí era una nación a la que amar, un edificio con bases sólidas y estructura estable, fundamentado en su cultura y tradición, capaz de cambiar tantas veces como fuera necesario. Un edificio con cimientos, bien fundamentado, sin fundamentalismos, en el que nada es inmutable ni se da nada por supuesto. Una nación en la que cada mañana, al levantarnos, todo recomienza, sin hipotecas insalvables ni privilegios de sangre, porque de hecho así de mutantes son las sociedades de nuestra época, así es el transcurrir del tiempo, así la vida de las personas, más aún cuando acuerdan libremente marcos de convivencia revisables.

Lo reconozco, si reviso mis prioridades vitales se me ocurren muchas cosas más estimulantes que definir lo que es una nación o discutirme sobre el proceso de independencia de mi nación, pero de inmediato constato que para poder conseguir dedicarme a esas prioridades, para no tener que discutir todo el día de lo mismo, hace falta partir de una posición independiente. Para poder ser un feliz no nacionalista hace falta poderlo formular desde una nación soberana. No conozco a ningún no nacionalista que no parta de un marco nacional de referencias, desde el punto de vista cultural, lingüístico y socioeconómico. Uno es de la comunidad a la que dedica sus esfuerzos, a la que paga sus impuestos y a la que exige dos valores sagrados: libertad y protección. Me gusta oir cantar a Joan Garriga, de La Troba Kung Fu, en Santa Alegria: “Decideixo ser feliç i per pàtria vull amics, per bandera, roba estesa que dirà aquí avui visc”. Mi nación no se basa en esencias ni en axiomas identitarios. Lean a Xavier Rubert de Ventós al respecto, él lo explica muy bien. Mi nación, esa nación donde decimos Bon Dia, tiene un paisaje simbólico elaborado con realidades y con ficciones, como todos los paisajes simbólicos asociados a todas las naciones del mundo, incluso la española. Añadamos a esos paisajes mutabilidad, capacidad de cambio y adaptación, añadámosle capacidad de acogida, con todo lo que eso implica. Esa es mi modesta aportación de narrador: un edificio mutante capaz de cambiar cada día de aspecto.


Y en acción política democrática, esas reformas se practican mediante el ejercicio del voto, tal como comprobaremos dentro de 18 días. Porque el 1 de octubre muchos vecinos de la calle Cartellà nos pondremos manos a la obra y el 2 de octubre, al pasear ante nuestro edificio mutante, contemplaremos su nuevo aspecto, que será el que hayamos decidido darle sus habitantes. Y ese día también abrirán las tiendas y esta vez no estarán vacías. Moltes gràcies.

Màrius Serra

Comentaris

  1. Gràcies, Màrius. Molt emotiu. És senzillament genial.

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  2. Màrius, penso com tu. Sobretot, quan parles dels no nacionalistes de saló, que aquests dies en sento molts.

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  3. N'he gaudit llegint-lo. Era com sentir les ones del mar que van i venen. Gràcies.

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